LA CONQUISTA DE LA LUZ POR EL SER HUMANO: CÓMO PERDIMOS LA SINCRONÍA

A la conquista de la naturaleza

El ser humano es un animal curioso. A la vez que hemos aumentado nuestra esperanza de vida en décadas con nuestros propios medios (no, los aliens no nos ayudaron), hemos creado un ambiente autodestructivo en el que vivimos y morimos a diario.

Primero, nos dimos la oportunidad de vivir más. Después, durante el proceso, minamos el camino de peligros que nos están causando problemas.

Una máxima ha caracterizado al homo sapiens desde que tenemos razón de ser: el afán por controlar, manipular y beneficiarnos de la naturaleza. En un momento dado, olvidamos que nosotros también somos naturaleza, y pasamos a buscar desenfrenadamente su sometimiento.

Naturaleza que somete a naturaleza. No sé si será algún tipo de broma divina o algo por el estilo, pero en términos evolutivos es bastante llamativo.

Esta disrupción poco explicable es algo que siempre me llamó poderosamente la atención.

En su afán empedernido, el homo sapiens llegó a dominar técnicas de cocina y caza rudimentarias, pasó a dominar técnicas agrícolas, más tarde formó grupos humanos complejos, creó máquinas para hacer el trabajo sucio, controladas por ser humanos que controlaban a esas máquinas haciendo también trabajo sucio.

Nos ensuciamos las manos, ensuciamos nuestro mundo, pero conseguimos nuestro cometido.

Procesamos los alimentos para tener mayor disponibilidad de los mismos, diseñamos máquinas más inteligentes que nosotros, adiestramos a otros animales y matamos muchos más, organizamos nuestra sociedad de manera que el trabajo físico cada vez es más infrecuente.

Hasta nos propusimos visitar presencialmente satélites y otros planetas. Ahora muchos miran a Marte como potencial nuevo hogar, sin echar la vista a la Tierra y sus problemas.

“Para lo que me queda en el convento me cago dentro”. Perdónenme, pero esa frase define a la perfección el impulso egoísta por el que nos hemos movido generaciones y generaciones.

Siempre hemos ambicionado el control de la naturaleza. Siempre. Y cada una de las victorias por parte del hombre por dicho control, ha tenido sus consecuencias. Consecuencias que, en la mayoría de ocasiones, son diferidas, maquilladas, difuminadas. Eso sí, hasta que son reconocidas, estudiadas y dadas a conocer.

Hoy vivimos rodeados de una epidemia de productos ultraprocesados que dominan nuestras decisiones alimentarias y nos acercan un paso más a las plantas de Cardiología o consultas de Endocrinología de cualquier hospital de nuestro territorio.

Vivimos en un entorno contaminado que hace que se estén disparando enfermedades pulmonares, asma y otros cuadros que estamos empezando a entender.

La incidencia de muchos tipos de cáncer crece. ¿Será porque vivimos más? ¿Porque diagnosticamos más? ¿Porque curamos más? Puede ser, pero hay que dejar la puerta abierta a otras respuestas.

Hemos diseñado trabajos muy cómodos, tan cómodos que nuestros cuerpos se atrofian. En algunos países, el exceso de adiposidad alcanza una prevalencia del 80%. Esto significa que nuestra composición corporal cambia a nivel poblacional de forma silenciosa: se desvanece nuestra musculatura mientras que incrementamos nuestros depósitos grasos sin siquiera advertirlo.

Entre todas estas conquistas, hay una que poca conciencia social ha creado por el momento: el ser humano también ha dominado la luz.

La luz es información

Piensa en tus ancestros. No, no imagines cuevas. Imagina a los abuelos de tus abuelos.

Ellos se levantaban por la mañana, al igual que tú. Pero no con un despertador digital taladrándoles los oídos. Se despertaban, probablemente debido al incremento de luminosidad y a los haces de luz que entraban por entre las cortinas, por el gallo que cantaba a las 6 de la mañana o simplemente, porque sus relojes internos, bien sincronizados, les daban la noticia de que una noche más, habían dormido las horas necesarias para comenzar el día de nuevo.

Cuando los abuelos de tus abuelos habían concluido su jornada laboral, en el campo, en la ciudad o en el pueblo, volvían a sus casas, normalmente después de una exposición a luz solar bastante mayor de lo que acostumbramos nosotros. El contraste entre el día y la noche era bastante intenso.

Eso sí, nada de bikinis o bañadores, siempre bien tapaditos. Lo de achicharrarse al sol no se estilaba.

A la vuelta de la jornada, el divertimento consistía en reunirse con la familia, cenar, hablar. Un licor por allí, una copa de vino por allá, pensar en la siguiente jornada, encerrar a los animales, organizar un poco el hogar.

Poco más.

El sol cae. Nada de Call of Duty a las 9 de la noche. Al Sálvame le quedaba más de una centuria para aparecer en escena. Esas cajas emisoras de luz azul que llamamos televisión no eran más que una fantasía.

Nada de contestar emails de última hora. Lo más excitante que podía ocurrir a partir de la puesta de sol era el sexo. Y a la luz de las velas o del candelabro, nada de LEDS de alta intensidad.

Nada de ver Netflix en la Tablet. Y por supuesto, nada de redes sociales en tu smartphone. Las redes sociales eran las que establecían día a día esos abuelos con sus iguales de forma presencial. Las redes sociales estaban formadas por Antonia, que vendía Pan; Paco, el del aceite; María la charcutera y Manolo el cabrero.

Llegaba el momento de dormir. Una jornada de trabajo intensa a sus espaldas. La glándula pineal sabe lo que debe hacer: ha caído la noche y empieza a secretar la hormona melatonina. El sueño los atrapa.

Cronodisrupción

El ser humano moderno: tú y yo, para que nos entendamos, tenemos acceso no sólo a todos los productos ultraprocesados que queramos. También tenemos acceso a toda la luz que queramos.

La comida es información. Las relaciones sociales son información. El ejercicio físico es información. Y la luz, aunque no la puedas tocar, también es información para tu cuerpo, que evolucionó según una periodicidad exquisita de luz-oscuridad, ejercicio-descanso y ayuno-alimentación.

Sí, nos hemos cargado esa periodicidad.

La hemos reventado.

¿Qué tienes sed a las 3 de la mañana? Le das a un interruptor y bum! Luz azul. ¿Una partida a las 10 pm con los amigos? Cronodisrupción. ¿Contestar mails a las 1 de la mañana? Cronodisrupción.

Vivimos en un entorno en el que mantener la sincronicidad circadiana con la que evolucionamos es harto difícil.

Nuestra sociedad nos ha permitido trabajar 24 horas y tener ocio 24 horas. El problema es que hemos olvidado de dónde venimos.

Pero lo hemos olvidado nosotros, nuestro cuerpo no.

Tu cuerpo tiene varios relojes: un reloj central dominado por el núcleo supraquiasmático y cuyo principal sincronizador (o Zeitgeber) es la luz azul, y otros tantos relojes periféricos constituidos por las diferentes células de los diferentes órganos.

Tienes por tanto relojes hepáticos, pancreáticos, intestinales, inmunológicos o cardiacos. Estos diferentes relojes responden y se sincronizan ante determinados tipos de inputs: ejercicio físico, luz, alimentación, ciertos tipos de nutrientes o interacción social.

El problema es que nuestra sociedad facilita enormemente la contradicción entre diferentes sistemas.

Ejemplos:

  • Tu núcleo supraquiasmático dice que es de noche (porque es de noche), pero atracas la nevera. Esto conlleva que tu reloj periférico intestinal, pancreático o hepático responda con un patrón diurno de comportamiento. Ya la hemos liado.
  • Tu NSQ dice que es de día (porque es de día), pero has trabajado toda la noche y no te queda otra que descansar.
  • Tu jefe te ha mandado a hacer un viaje de última hora a Singapour. Cuando llegas tu reloj biológico señala horario diurno. Pero son las 3 am.

 Peligros

Si las consecuencias de esta disrupción de ritmos internos-externos fueran nulas, no estaría escribiendo este post. Pero hemos demostrado y continuamos haciéndolo que la cronodisrupción es agente causal de:

  • Enfermedades cardiometabólicas
  • Aumento de incidencia de diversos tipos de cáncer
  • Aumento de incidencia de enfermedades psiquiátricas
  • Disregulación inmunológica
  • Menor rendimiento físico y mental

Aunque me atrevo a señalar que el principal riesgo es otro. El principal riesgo recae en la poca conciencia social de este problema. No nos imaginamos que la luz pueda en alguna forma incidir en nuestros procesos de salud-enfermedad.

¿La luz? ¿Me voy a preocupar también por la luz? ¿No tengo suficiente con pagar las facturas, el colesterol, las pastillas que me tengo que tomar, dar de comer a mis hijos y aguantar a los vecinos?

Es más, los que tenemos conciencia de ello, tenemos grandes dificultades poniendo remedio a este problema. Porque esta es una sociedad puñetera. Porque te arrastra y no te das cuenta.

¿Me ayudas a resincronizar a la población?

Con difundir este post me vale.

¡Un abrazo y nos vemos en el siguiente!

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